A la UCV en sus 300 años.

Por Miguel Barone – Coordinador Nacional de Gritemos con Brío.

Mi nombre es Miguel, tengo 23 años y antes de todo lo que terminó pasando conmigo fui, soy y seré por siempre UCVista. Orgullosamente estudiante de su golpeada Escuela de Estudios Políticos y Administrativos desde aquel ya lejano 5 de octubre del 2015 y estando ahora a un solo paso de recibir el titulo, les hablo sobre mi UCV en sus 300 años.

Biblioteca Central UCV.

Un amor que empezó acompañando a mi prima a sus clases en la Escuela de Derecho cuando tenia unos 12 años. Una relación que se fortaleció en una visita al Aula Magna y se selló para siempre el día que entregué mis recaudos y vi nuestro imponente reloj en la Plaza Rectorado.

Del Miguel que llegó con 17 años a sentarse en ese pupitre pegado a la pared y al fondo del Aula 27 de un galpón que nunca debió ser sede de una escuela, ya quedan pocas cosas. Ser UCVista me sacó de una profunda zona de confort en la que me encontraba y no pude haber tomado una decisión más trascendental para mi vida, consciente estoy que muchos de ustedes, que nos unen pasillos y salones quizás sin conocernos, sienten lo mismo que yo.

Una vida universitaria en medio de la crisis.

Fue difícil vivir toda mi etapa universitaria de la mano de la destrucción profunda y acelerada de la institución más importante en la historia republicana de nuestro país. Vi cómo entre la falta de mantenimiento producto de una criminal política de desinversión y los incesantes robos en nuestra casa, se iba destrozando la imagen que se exponía hacia afuera de nuestro Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esto, acompañado de un alza dramática en la deserción estudiantil hizo parecer nuestra casa en un pueblo fantasma, tan distante a lo que un día fuimos.

Honestamente, de los cerca de ciento cincuenta compañeros con los que empecé a ver clases en ese 2015, hoy no quedan ni treinta cursando la carrera. Muchos se fueron del país buscando oportunidades, otros abandonaron las aulas saliendo a trabajar con la expectativa de ayudar económicamente en sus hogares.

Ante el panorama desolador, me refugié en lo que siempre me hace sentir mejor: nuestra gente. Me rodee de jóvenes que, como yo, poseían un interés genuino en hacer valer el espacio que tenia la universidad dentro de la sociedad. Nos unió el pensamiento de que la verdadera llave para el crecimiento del país estaba en rescatar la academia. En entender la importancia de la formación, la generación de conocimiento y del pensamiento critico, y muy claros estábamos que la única forma de garantizar eso era con una UCV que siguiera con las puertas abiertas para todos.

La superación del estudiante universitario.

Ser estudiante universitario en los peores años de la historia contemporánea de nuestro país representa una cantidad de historias que merecen ser contadas y escuchadas. El joven que se acostó a dormir sin comer antes de un examen muy importante, tiene una historia que contar. La chica que tuvo que caminar desde Chacao hasta la Ciudad Universitaria para llegar a tiempo a clase, tiene una historia que contar. El chamo que se crió en el barrio más humilde de Petare y levanta con orgullo su titulo universitario, tiene una historia brillante que contar. El adolescente que llegó a Caracas y que después de graduarse con tanto esfuerzo fue contratado reconociendo su talento, tiene una historia que contar.

Sé que me entendieron muy bien. Esto no es solo una historia de sufrimiento y lamentos. Esta es también la reseña de cómo se forjó la generación con más fortaleza que haya salido de nuestro casi millón de kilómetros cuadrados, superando sus obstáculos. Todos estos casos que cité son de personas cercanas a mí, algunos de los que me siento tremendamente orgulloso de llamarles amigos. No son un cuento, existieron y rompieron el contexto que los condenaba a fracasar.

Esas historias que inspiran, marcan la verdadera razón de ser de nuestra casa. ¿Cuántos no conocen esos cuentos protagonizadas por jóvenes que lograron emerger entre dificultades y triunfar saliendo campantes de nuestra Aula Magna con titulo y medalla? Y no hablo solo de esta generación. Conozco tantos casos, incluso del siglo pasado, de personas que superaron lo inimaginable para lograr sus sueños. Yo creo que está en el ambiente, es una magia que no podemos ver, pero que sabemos que permanentemente está ahí.

Algo nos motiva a nunca desistir y viene sellado en tinta indeleble en el corazón de todos nosotros. En el de todos los que un bendito día decidimos llevar nuestros papeles a Secretaría y sellar para siempre en nuestra vida ser UCVistas. Quizás esto me ayude a darle sentido al paralelismo qué deseo mostrarles: el fiel reflejo que es nuestro país de la rica historia que componen trescientos años de la Universidad Central de Venezuela.

La institución que cambió la historia de un país.

La esencia UCVista, el que no se entrega y que con un libro en la mano tiene el afán de cambiar su realidad y la de la sociedad, abunda en las calles de nuestro país. Viene del ímpetu del padre de familia que ante la adversidad sale a buscar el pan de cada día, sin robarle nada a nadie. Existe en la hija que trabaja varios turnos en el exterior para enviarle dinero a su madre y que alcance para sus medicamentos. Sí, vive en el joven que le toca estudiar con una vela cerca de su cuaderno para llegar al día a la clase de mañana. Al final de esta historia, nos une la capacidad de ser resilientes ante la adversidad más demoledora.

Todo eso nació en la idiosincrasia y la verdadera forma de ser de los venezolanos que solo podía venir de los valores de su Alma Mater: la Universidad Central de Venezuela. Esa institución que tanto ha vivido y tantas bonitas historias tiene que contar, se niega a morir aun cuando hacen lo imposible para lograrlo. Más allá del ímpetu luchador que crece en sus aulas, la mantiene de pie su gente.

Le sigue dando fuerzas el estudiante que toma cuatro autobuses y camina cinco kilómetros para llegar, regresando contento con el veinte bajo el brazo y su sensación del deber cumplido. Se apoya en el profesor mal pagado que aun en condiciones paupérrimas, siente el compromiso y la vocación de formar al futuro, con la firme esperanza de que todo estará mejor. Lo saben los dueños y trabajadores de las cantinas, que supieron surfear la crisis para seguir dibujando sonrisas en su comunidad. Lo siente la jefa de Control de Estudios que le ha tocado por años trabajar un día con sistema y otros cuatro sin, con computadoras de más de 15 años de antigüedad, pero siempre dispuesta a apoyar con una sonrisa gigante en su rostro. Así somos. Guapeamos, salimos adelante, porque viene en nuestra forma de ser.

Sin embargo, siento mi deber de transmitirles lo que he conversado tanto con mis compañeros: creo que repensar la universidad es el siguiente paso. Sobrevivir al limite no es un estilo de vida sano para las personas y menos aún para una institución. Es un riesgo innecesario que debe dejar de correr la Universidad que sentó las bases del país que fuimos, somos y seremos. Pienso que el modelo dependiente del Estado ya no es sostenible. La Universidad Central de Venezuela podría dejar de ser un espacio generador de conocimiento.

Llegó la hora de asumir un reto como la generación de los 300 años: sembrar la idea de una UCV productiva y sostenible, que sea realmente autónoma y libre. No pasará de la noche a la mañana, pero esos son los retos que mi generación (que se encuentra en sus últimos bailes) y sobre todo la que está por asumir, deben perseguir. Ese debe ser el gran próximo acto que de otro salto a la historia a nuestra casa: vencer la sombra de un caos provocado por unos cuantos, a través de la innovación y renovación de su estructura, sin perjudicar la esencia de lo que somos. Ese es el camino para preservar nuestro legado como casa.

Mi sentimiento: el del orgullo y la responsabilidad de ser UCVista.

Son tantas cosas que escribir, que ni mil entradas serian suficientes. Hablaba con un amigo que hice en la carrera: siento que ninguna universidad en el mundo genera un arraigo tan fuerte como el de la UCV. El día que fui electo para representar a todos los UCVistas desde mi cargo en la Federación de Centros Universitarios, no me cabía el orgullo en el pecho y se sentía el peso en la espalda. Una responsabilidad, llena de respeto y admiración, que me permite escribirles hoy como representante estudiantil en el aniversario 300 de mi hogar, del lugar que me cambio la vida.

Este articulo va para ti, que no te rendiste, y que sigues de pie. De pie como sigue la UCV. Ese es el origen de los venezolanos. De la fuerza de una universidad que es más antigua que la República. Del sueño de Vargas, de los sueños que dormitan bajo las nubes de Calder y la majestuosidad de nuestra Ciudad Universitaria.

Dedicado a todos mis amigos con los que alguna vez compartí una clase, una conversación o un almuerzo. A los se fueron del país con el corazón destrozado por no cumplir su meta de graduarse (aún) en nuestra casa. Se lo ofrezco con mucho orgullo a todos mis amigos con los que compartí en las calles y en las aulas, haciendo país. Con mucha admiración reconozco a todos los que hoy son profesionales gracias a su esfuerzo y compromiso. Por supuesto, con mucho amor a todos los profesores que me han formado en estos años inolvidables, a pesar de tantas dificultades.

Pero lo más importante va dedicado a la que fue mi casa inesperada, y que me llenó de felicidad. La que me recogió estando a nada de inscribirme en otra universidad para hacerme tomar la decisión más feliz de mi vida. Va por esa en la que reí, lloré, pelee, viví, me enamoré, crecí, maduré, soñé y salí decidido a ser lo mejor que podía ser. Por eso digo que quizás del Miguel que con miedo asumió un reto fuera de su zona de confort hoy no queda mucho. Así lo veo, porque siento que en tus aulas, en tus pasillos, en tus cafetines, yo simplemente volví a nacer.

En nombre mío y de toda mi familia: ¡GRACIAS!. A pocos meses de que este hermoso camino que hemos emprendido juntos se termine, solo quiero irme sintiendo que le hice justicia a tu historia. Quiero sentir que estuve a tu altura. Créeme que a donde vaya, siempre te llevaré en alto como el más grande orgullo de mi vida.

¡QUE VIVA POR SIEMPRE LA UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA! ¡300 AÑOS VENCIENDO LA SOMBRA!

Aula Magna de la UCV.

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