Un niño se preguntará

David Flores

David Flores

Coordinador Nacional de Gritemos con Brío

@floresdavid203

Caracas, 21 de octubre de 2021

-¿Qué nos depara el futuro como especie?-

Parece una pregunta rocambolesca viniendo de un venezolano. Pero, ¿es este individuo el desubicado o es la sociedad venezolana que se encuentra a la deriva en un mar de autoritarismo, violencia, atraso y salvajismo?

Mientras que el mundo libre dirige los capitales privados y el capital intelectual de casi cien años de producción de conocimiento hacia la obtención de respuestas sobre el futuro de la humanidad, en Venezuela volvimos al estado de naturaleza y a la competencia diaria y sin reglas por el sustento. Somos el lejano oeste del vecindario global, un mercado francés del siglo XVII o Sodoma y Gomorra: el crimen, la miseria y la degradación de nuestra especie (o bueno, una versión masiva de los Juegos del Hambre).

Personas buscando comida en la basura (Caracas) Rayner Peña | Efe

Explicar el problema ya no tiene propósito. Muchos lo entienden, muchos lo esquematizan, pero pocos tienen tiempo de atenderlo. Estamos condenados a no hacerlo, mientras que el huracán que se llevó a Macondo siga empeñado en llevarse hasta el tuétano de Venezuela, donde la gente se agarra de los postes con una mano y con la otra se abre paso entre la informalidad para sobrevivir.

Así vivimos: a punto de ser arrastrados por el vendaval, con fiebre perenne de dólar, languidecidos por un hambre a la que pronto le picaremos la tortica de los diez años. Ese cuadro clínico nos ha devuelto a los momentos más primigenios de nuestra evolución, hoy somos lo que fuimos al comienzo de la historia y eso es notorio frente al mundo.

La diferencia la marca la libertad; algo más grande que un adorno semántico, jurídico o político. La libertad no se parece en nada a pasar horas y horas llenado tobos, a hacer infinitas colas a ver si llega el gas o a buscar 3 ó 4 trabajos para poder comprar menos que el mes pasado.

Tener tiempo libre en esta época también es libertad y el tiempo de por sí escasea en Venezuela.

De niño usé mi tiempo fuera de la escuela para dibujar y leer libros. Una diversión que pudo ser el deporte o la música, que tuvo un efecto estimulante en mí que no tendrá en los niños que hoy son forzados al trabajo infantil ¡y no por sus padres!, sino por una estructura de imposiciones que condicionan al hogar a un esquema permanente de necesidad que los arroja a la calle como una olla a las cotufas.

Esas distracciones ejercitaron los hemisferios de mi cerebro, empujaron las fronteras de mi lenguaje, me abrieron un montón de futuros probables.

En mi adolescencia, lo que no le pregunté a mis padres lo investigué en Internet; pude enamorarme, salir con mis amigos y, gracias a Dios y a mi familia, tuve permiso para soñar en quien convertirme como profesional. ¿Qué puede hacer un joven hoy? ¿Cómo funciona el amor y las relaciones adolescentes en un contexto de miseria general? A falta de cine y helados, ¿el amor es responsable dentro de la casa? ¿Los preservativos están a la alcance de la pobreza extrema? ¿La información siquiera está disponible por medios institucionales?

¡Vamos! Si los esfuerzos gubernamentales más grandes en una década han sido cortar el monte y pintar paredes para ganar unas nuevas y controvertidas elecciones. Hay números silentes que aumentan. Aumentan los abusos sexuales en comunidades vulnerables, el tráfico y usos contraindicados de anticonceptivos de emergencia y claro, la impunidad.

-Ah, pero también crece el vacío de títulos universitarios y de pupitres rayados con confesiones amorosas-.

Lamentablemente, los jóvenes y niños venezolanos no pueden pensar libremente. No pueden desarrollar a plenitud su personalidad en un ambiente desprovisto de imposiciones o situaciones de riesgo para ellos. No son estimulados a la resolución de problemas relacionados con la ciencia, las letras, el arte o el deporte. Son obligados, en cambio, al trabajo infantil. En el 2021, los niños y niñas que siguen y seguirán fuera de las escuelas, se traducirán en más y más experiencias prematuras de toda índole. Es una realidad que no «forja el carácter» como anormalmente normalizamos, sino que atrofia la formación ciudadana, el cimiento de valores y los sueños de futuro. ¿Un muchacho triste y hambriento a cuál nuevo planeta querrá llegar?

Leidy Córdova, de 37 años, con cuatro de sus cinco hijos en su vivienda en Cumaná, Venezuela, 16 de junio de 2016. Su heladera descompuesta contenía los únicos alimentos que había en la casa: una bolsa de harina de maíz y una botella de vinagre. © 2016 Meridith Kohut

Mientras que un niño estadounidense que sueña con ser astronauta puede asistir a un campamento de la NASA para complementar su educación formal, muchos niños venezolanos aspiran ser mototaxistas «porque esa chamba resuelve». No se trata de una comparación que discrimine, ¡ya basta de sensibilidades y conformismo!, se trata de los modelos que con pesar se han posicionado como referencias mediocres para nuestras nuevas generaciones: la entrada rápida del dinero, el rebuscarse y la mamá de las victorias del chavismo, la violencia.

-¡Abajo la educación, que se acabaron las carreras!-.

Un niño se preguntará -y hará lo posible por contestarse- qué puede hacer por la humanidad solo sí es libre para hacerlo. Un milagro como ése sería el resultado de la institucionalidad, la garantía del Estado de Derecho y el accionar de una ciudadanía despierta, crítica y demandante de mejores condiciones de vida para su única garantía de futuro: los más jóvenes.

¡Hoy nos toca a los mayores acudir a esa creatividad que fluye en nuestra sangre! la misma que nos ha permitido sobrevivir al desfalco económico más grande de la historia y al despojo de nuestra dignidad. Pensemos cómo darle la vuelta a esta fatídica tortilla con las reglas de juego vigentes por fuerza. Confío en que tenemos el potencial de construir cosas más grandes y útiles para el mundo que una mega banda criminal o una red de crimen internacional.

Ojalá comencemos a levantar la cara del asfalto de a poco para brindar apoyo y crianzas más seguras a nuestros chamos y a los que carecen de cualquier guiatura en este momento.

Dios quiera que el cuero de las gríngolas se caiga a pedazos más temprano que tarde y que aflore la solidaridad frente a la necesidad.

El universo sea el que conspire para que los grilletes se oxiden antes de tiempo y podamos romperlos en el momento correcto.

¡Que el fuego de la vida y la insaciable curiosidad se manifiesten en nuestros niños y niñas! para que de una vez por todas levanten su mirada a las estrellas.


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