El síndrome de la cadena de los deslindes excluyentes puede conducir a lo que se pretende evitar.

Amalio Belmonte

Por: Amalio Belmonte

Profesor Titular de Sociología y Doctor en Ciencias Políticas

Veamos: Juan Guaidó anuncia que se desliga de Henrique Capriles Radonski y de Stalin González por participar en reuniones «a título personal» con representantes del Gobierno de Maduro. Por su parte, Capriles Radonski se deslinda de lo que denomina «la oposición que gobierna mediante Twitter».

María Corina Machado hace lo mismo con todos los anteriores, y la Conferencia Episcopal replica pero incluye a MCM en su deslinde. Todos se apresuran a deslindarse de todos. ¿Y el país?

Conviene decir que el síndrome del deslinde ha sido parte esencial de los juicios políticos de los guerreros del teclado (ahora es producto de consumo más amplio), especialmente de aquellos que viven en el Estado de la Florida. El Almirante Carratú, por ejemplo es un deslindador individualista, con características similares a otras figuras conocidas de la Florida. Pero su caso es más extremo, si bien reclama su lugar que en el universo de los iracundos deslindantes, postula la urgencia de un hombre nuevo civil y un hombre nuevo militar, probablemente considere que solo sus genes pueden lograr ese cometido.  

Cada grupo, sector o personalidad del mundo deslindante, considera que la pasión impuesta a sus opiniones las hacen verdaderas y le concede derechos para descalificar las ajenas, sin tomarse la molestia de argumentar, baste las frases cargadas de dicterios. Utilizan sus listas de rencores como expediente para enjuiciar, redes mediante, a los desleales impuros y equivocados, a los culpables (ya sabemos que se refieren al resto de la oposición) de las derrotas en batallas donde muchos de ellos no participaron.

Un huracán de improperios se mueve a sus anchas por todas las redes, destruyendo toda la racionalidad que pudiera existir. Diosdado está feliz. Ha creado una Escuela.

Los voceros de los partidos, por omisión o falta de iniciativa han permitido que los insultos sustituyan al debate de ideas, que la unidad para la acción política sea una quimera, que la «modalidad escatológica Diosdado» permee las formas de relacionarse que existe en el variopinto grupo de opositores. Así, los Partidos decidieron que esta pandemia autodestructiva se combate con el silencio.

En los predios del oficialismo hay gozo y amenaza: Padrino López se toma muy en serio el rol político otorgado por la nomenclatura oficialista al Ministerio de la Defensa, contrario al letargo de la dirección política, declara a diestra y siniestra, con ardor antiimperialista y autoritarismo militante, que «la FANB no permitirá el triunfo de partidos distintos al PSUV».

Lo expuesto pudiera explicar el peligroso auge en Venezuela de un sentimiento parecido al que surgió en Argentina durante la crisis del 2001 , simbolizado por una consigna replicada en las calles por masas desencantadas: «que se vayan todos». Esto, sin duda, es un síntoma muy peligroso para el propósito de movilizar a los ciudadanos en favor de la democracia.

En el Gobierno, a pesar de la peor crisis social de los últimos 60 años, hay motivos para celebrar, la lucha interna de sus más enconados adversarios le ha concedido tregua valiosa. Maduro sonríe exultante, ha pasado mucho tiempo de aquel momento cuando presentó memoria y cuentas ante el Presidente de la AN Henry Ramos Allup, y este le contestó desafiante y exigente, con la seguridad de quien preside un Parlamento apoyado en el voto mayoritario provisto por una política de unidad «casi perfecta».

A estas alturas sabe Nicolás Maduro que un grupo organizado con objetivos claros, provisto de los recursos del Estado, que no es controlado por otro poder y que quiere conservar el suyo a toda costa, con apoyo militar dispuesto, es más eficiente que una masa mayoritaria pero dispersa, autodestructiva, con tácticas inconexas o sin ninguna. Por ello es visible apreciar en el psiquiatra del régimen la presencia de trastornos de celebración delirante, sin mérito propio, por el martirio autoinfligido que contempla con gesto mefistofélico en sus adversarios.

Esta insólita situación genera incertidumbre en los  estudiantes de Sociología y Ciencia Política, y confunde a los analistas políticos más avezados, cuando contrastan esa realidad con los postulados y reflexiones de los clásicos de sus respectivas  disciplinas que conceden un alto grado de racionalidad a la acción política. Quizá se pregunten  «habrán escrito pensando en políticos y fenómenos sociales  de otra galaxia”. Quizás la psiquiatría, con las limitaciones conocidas, sea más adecuada para  adelantar algo sobre el síndrome de destrucción mutua, con manifestaciones suicidas que recorre, irreductible, el mundo extraño de quienes se empeñan en crear las condiciones para que un descendiente de Cilia y Maduro herede el trono, apuntalado por sus enemigos.

Finalmente dos asuntos:

1. A manera de hipótesis, el deslinde más evidente y explicable, es aquel que se podría producir entre los ciudadanos y quienes proponen, verbo agresivo mediante, inconsistentes y fantasiosas opciones para enfrentar al autoritarismo que circulan por las redes.

2. Las recientes declaraciones del doctor Elliot Abrams, obligarán a los que consideran más importante «participar» en las elecciones de los E.E.U.U. para evitar que el «comunista» Biden («qué horror» diría el señor Luis que cuida el edificio) gane la presidencia. Y decidan organizarse y luchar por la democracia en Venezuela , donde ese peligro es real.


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