Los restauradores de la democracia

Por David Flores.

Coordinador Nacional de Gritemos con Brío.

Gracias a los amigos que me ha dado este camino lleno de muchas preocupaciones. Las interminables discusiones sobre los aciertos y desaciertos políticos en la historia de nuestro país, y el también infinito empeño por asumir una vida de lucha, le dan sentido a muchas cosas.

Como les pasa más cotidianamente a tantos venezolanos, la de ayer fue una de esas noches en las que no pude dormir. Más que los pesares cotidianos de vivir en un país donde la única ley es la del que se siente más fuerte, ya sea uno de tantos pranes, la de Diosdado o la de la señora que administra el CLAP, me pone a pensar una verdad que desde hace algún tiempo luce más clara ante mis ojos. Sobre nuestra generación pesa la enorme responsabilidad de rehacer aquella democracia que los cultos y notables hombres y mujeres del siglo pasado, construyeron para el futuro, pero ¿seremos capaces?

Mucho leyeron e incasablemente escribieron, opinaron aun cuando los callaron, se atrevieron, y a mi edad (25), en muchos de sus casos, ya habían enfrentado el frío concreto de la prisión o la prematura destetada de un exilio. Sin dudas, hicieron más que lo que hemos siquiera intentado muchos de nosotros, “líderes en nuestros espacios”. Ellos asumieron una lucha nacional teniendo menos herramientas a su disposición y menos manos, por supuesto.

Con todas sus limitaciones y con todos sus conocimientos, antes de los años cincuenta y entre golpes de Estado, movimientos políticos perseguidos y la siembra de algunas funestas ideologías (cosechadas cuarenta años más tarde por la sociedad venezolana), se atrevieron en su tiempo a construir un sistema político en sus mentes, aun con la distancia signada por las férreas dictaduras, con un precario desarrollo comunicacional y sin partidos políticos consolidados.

Y en este insomnio mío delirante de caminos hacia un futuro tan incierto, intento responder al qué debemos hacer de mil formas, unas más precipitadas que otras, otras mejor pensadas que las primeras, pero todas, cada una de ellas, igual de estériles si no asumimos con responsabilidad el ejercicio de lo político en la Venezuela que nos tocó vivir. Sería injusto y hasta ingenuo subestimar el potencial de violencia del régimen, sus muchas caras por demás curtidas de astucia y su selectiva y mortal eficacia, pero estoy seguro que del lado de quiénes nos hemos dedicado a oponernos, puede hallarse talento con fuertes principios y ganas de aprender.

Todos tenemos un rol en esta lucha, ya generacional, contra la tiranía comunista que secuestró la libertad y bajó la santamaría del desarrollo en nuestro país. La clave es encontrarlo. Lo primordial es prepararnos para hacerlo bien por el tiempo que duren nuestras fuerzas, que parecieran genética e históricamente probadas para el aguante, no obstante, si el reto del ahora es recomponer la democracia, pues hagamos de esa tarea la más grande de nuestros días.

Dentro de tantos papeles, el del político es determinante para el alcance de cualquier objetivo que persiga una sociedad de forma organizada, pero ante los numerosos fracasos y presurosas despedidas, ante la recrudecida persecución y la opresión sentida en todos los ámbitos de la vida pública y privada del venezolano, debemos repensar el perfil del dirigente de forma compleja.

No se trata sólo de lo que espera la gente, porque los últimos veinte años nos han demostrado que como sociedad tenemos la tortuosa tarea de revisarnos con la mirada más crítica y desprovista de tabúes, y aunque pasa por aprender a desarrollar el olfato para el momento político, el ojo para ver las señales que arrojan todos nuestros sistemas y la misma sociedad, creo que atravesamos un situación que nos permitirá, al menos, formularnos una pregunta fundamental para la labor a la que dedicamos nuestras vidas: ¿qué tipo de político queremos ser?; de ahí a que logremos hacer una contracción entre nuestras aspiraciones, los referentes no sólo de éxito sino de verdadero aporte al sistema democrático y, claro está, las necesidades reales y sentidas por la gente que representamos.

El ámbito de las aspiraciones corresponde calibrarlo a cada quien al respecto del sistema de valores que diariamente pone en práctica, mas los referentes que llegan a nosotros a través de la historia, nos proporcionan un marco metodológico de cómo contribuir (o no) al fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas, de manera que ese perfil que aspiramos construir pueda verse o no, influenciado en la medida en que estemos más dispuestos a tomar lo mejor de cada fórmula. Muy personalmente, creo que hacer política no comienza ni finaliza en el ser exitoso en redes sociales o en el beneficio personalizado, en cambio, creo que se trata de dar lo mejor de nosotros en la titánica lucha del presente, de atrevernos a hacer y expresarnos estando inmersos en un sistema diseñado para arremeter contra toda esperanza. En sencillas palabras, se trata de tomar un libro de forma espontánea en tiempos en los que las redes sociales se transformaron en la bibliografía de cabecera de muchos líderes juveniles. Podemos retar al sistema de imposiciones.

El verdadero éxito de nuestra generación será el de restablecer y luego hacer mejor la democracia, pero es un camino que inicia retando al régimen. El reto, esa rebeldía que desconoce incansablemente a toda autoridad carente de legitimidad, transmite y aflora en otros, en muchos otros, vehemencia. Cataliza las penas, el cansancio y el deseo de mejorar el presente.


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